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domingo, 19 de junio de 2011

El 'swing' de Fruko

El salsero acaba de publicar un nuevo disco

El 'swing' de Fruko

Por: Juan Carlos Piedrahíta B.
tomado de el espectador

Pocos lo conocen como Julio Ernesto Estrada y sus historias se han prestado para enriquecer el desarrollo de la telenovela sobre Joe Arroyo, su alumno más aventajado.





Fruko, músico
Foto: Discos Fuentes
Julio Ernesto Estrada tiene más de ocho mil canciones grabadas.

Por la cienciología Fruko es diseminador profesional. Gracias a la vida se ha consagrado como inseminador natural, pero ha sido la música la que se ha encargado de volverlo el teso de la salsa colombiana. Con la enseñanza de esta creencia filosófica ha logrado agrupar a multitudes significativas que se han entusiasmado con sus charlas sobre las mentes reactivas y analíticas, pero con todo y lo que le agradece a este estudio, no desconoce que el poder armónico del sonido es inmensamente superior y que sus parámetros están determinados por aspectos que escaparían a la cabeza más brillante que ha pasado por alguna de sus conferencias.

Con la cienciología el artista, cuyo verdadero nombre es Julio Ernesto Estrada, está en el proceso de crecimiento personal y espiritual. Con la música, en cambio, vive. Con la primera ha aprendido a analizar discursos y ahora se esmera en contextualizar los tonos de los artistas y próceres exitosos de la historia; con el arte sonoro, simplemente, habla de la cotidianidad y lo hace con el mérito de haber superado los peores momentos de la industria discográfica, pero también con la felicidad de quien se ha nutrido de sus mejores días.

Fruko puede llegar a ser más que música, sin embargo, sólo cuando habla de ella se atreve a cerrar los ojos para poner los ejemplos más pertinentes. Ni cuando hace referencia a sus dos esposas (una diseñadora que en la actualidad se encarga de manejarle la agenda y los proyectos musicales, aunque hace muchos años están separados, y otra ginecoobstetra) la concentración se le nota tanto. Tal vez porque la más constante ha sido aquella que no tiene apellido y que en sus seis letras es capaz de conjugar lo mejor que le ha pasado hasta ahora.

“Mi abuela era negrera. Para ella ni el caballo podía ser negro y era una fanática de las canciones de Guillermo Buitrago, aunque lo que más le gustaba de él era el rubio de su cabeza. Lo más contradictorio es que de ahí salí yo, que me he dedicado a explorar todos estos ritmos afrodescendientes”, dice Fruko, quien en plena cúspide de su carrera se radicó en Los Ángeles durante más de 15 años y aprovechó para relacionarse con las estrellas más importantes del firmamento sonoro. Compartió tardes enteras con Tito Puente, conoció de primera mano la historia de La flor de la canela de boca de su amiga Chabuca Granda, aprendió el soneo con Ismael Rivera y tocó el piano a cuatro manos con Armando Chick Corea.

En medio de anécdotas, recuerda números y sin hacer cuentas asegura que tiene ocho mil canciones grabadas en 47 años de actividad. Luego, la sensibilidad le hace un llamado y dice que en casa de su abuela, la misma que discriminaba a la población negra, ensayaron los Corraleros de Majagual y que allí pudo comprobar que Alfredo Gutiérrez es una suerte de Bruce Lee del acordeón y que está en este mundo para divertir a todo aquel que se arriesgue a escuchar sus descargas novedosas.

“Recuerdo que un venezolano quería ir a ver a los Corraleros de Majagual. Estaba loco por ellos. Hizo una fila inmensa, compró una boleta carísima. Llegó a su localidad, se sentó y apareció en el escenario Francisco Chico Cervantes diciendo ‘Nos fuimos’… y el venezolano se paró envenenado diciendo ‘de aquí no se va nadie’”, comenta entre risas el compositor, arreglista y director nacido en Medellín y que en El Joe, la leyenda, está representado por el actor Diego Vásquez. “Lo que más me gusta de la novela es mi esposa”, agrega para después opinar que lo que más se resalta ahí es su fama de peleador y, aunque sepa romper un coco con las manos y le haya tocado llamar al orden a todos sus discípulos (entre ellos Joe Arroyo, Wilson Manyoma y Piper Pimienta), siempre ha sido un hombre de paz.

Tal como se muestra en el producto audiovisual, Fruko es un bajista consumado, aunque también se ha destacado por la interpretación de instrumentos de percusión, sin olvidar que compone en guitarra, piano y tiple. Cuando estaba en el proceso de escoger su instrumento se cuidó muy bien de desechar todos aquellos que no le comunicaran lo suficiente. El trombón fue el primero que tachó de la lista, porque se imaginó los ensayos y, de paso, a sus familiares llenos de alarmas por todos lados. Luego no habría reclamos, sino la súplica directa para que abandonara la casa.

A pesar de que los vientos marcan buena parte de la energía de los ritmos del Caribe, nunca fueron cercanos para Fruko, porque él prefería jugar con la contundencia de la percusión, el poderío del piano y la base rítmica del bajo. Otros músicos tendrían entonces la misión de aprovechar los cobres para hacer bailar al mundo. Con vientos y todo, este artista llegó hasta Rusia, China y Japón, países en los que la salsa era un género desconocido.

“Yo llevé la salsa colombiana a todas partes y la he hecho brillar porque tiene el sabor de la tierra, la frescura de un jam session y la fascinación del latin jazz”, dice este personaje que en la actualidad es presidente de una asociación naciente que se llama Amacol, que propende por la dignidad de los músicos y por la soberanía del arte. “Tenemos folclor propio y queremos fortalecer lo nuestro. Los colombianos tenemos talento, intelecto y gestión, pero necesitamos la tecnología mental”, concluye Fruko, quien acaba de publicar Una leyenda, un álbum con 17 de las canciones más importantes de su repertorio.

Antes la fuerza lo dominaba, ahora está centrado en su mente adscrita a la cienciología. Por ella es diseminador, por la vida es inseminador natural y por la música es un teso. Y eso no se le ha olvidado.

  • Juan Carlos Piedrahíta B. | Elespectador.com